La Cárcel Dentro De La Cárcel

¿Cómo es posible que en un espacio herméticamente cerrado por definición, como lo es una cárcel, buena parte de su población sea consumidora habitual de drogas? ¿Cómo y quién pasa los filtros que se supone tiene un centro penitenciario con suficientes gramos de hachís como para que alguien luego los distribuya entre los internos, si un perro entrenado es capaz de tirarse encima de una chaqueta limpia que ha contenido droga recientemente?

Hace una decena de días, DNA publicaba cómo una mujer de 56 años era detenida en la cárcel de Iruña Oka con siete piezas de costo preparadas para ser repartidas, y que al parecer iba a pasar a su hijo interno. No es ésta una noticia habitual en los presidios del Estado español, donde los médicos de las unidades de toxicomanías trabajan con una población reclusa que en muchos casos está encerrada por llevar o vender drogas ilegales, o por cometer delitos para comprarlas.

“La droga no va a desaparecer nunca de las prisiones, yo lo descubrí dentro, no interesa que desaparezca, porque en una cárcel sin droga, en un espacio tan cerrado e impermeable, los presos empezarían a reivindicar sus derechos. La droga y la masificación en las cárceles van estrechamente unidas”. Así lo afirma Pepe Villegas, vallisoletano afincado en Gasteiz que pasó 25 de sus 68 años de cárcel en cárcel, siempre por delitos relacionados con las drogas, que fue heroinómano, y que hace doce años cumplió su última condena y se asoció a Salhaketa para denunciar la situación en el presidio.

Pepe es un experto y crítico conocedor del sistema penitenciario español. No en vano, ingresó por primera vez ya en tiempos de Franco, cuando afirma que ya se podían fumar “canutos de marihuana” en la cárcel, y que eran los propios funcionarios quienes los metían dentro.

“No sé si ocurre así ahora, porque hace doce años que salí y no quiero lanzar acusaciones que no puedo probar, pero en los setenta los carceleros nos metían droga, hachís sobre todo, de cuartos de kilo en cuartos de kilo”.

Las cosas cambiaron a finales de la década, cuando la heroína empezó a aparecer como por arte de magia en las calles, y también en las celdas de las prisiones. “Cuando se descubrió lo destructiva que era la droga dura se permitió, porque crea mucha dependencia, y una persona enganchada, yo he estado enganchado al caballo, se pasa las veinticuatro horas del día pensando en cómo conseguir la siguiente dosis”, señala Villegas. “Su capacidad de lucha, de reivindicar, de quejarse de lo mal que le tratan, de que no le conceden derechos, -continúa- queda anulada; la cocaína es otra cosa, lo que deja al preso paseando por los patios de las prisiones como un cadáver al que le dan cuerda por la mañana, pensando sólo en cómo va a conseguir un pico, es la heroína”.

El expreso insiste en que se transmita su mensaje, droga y masificación son las dos caras de una misma moneda que a su juicio mantiene en pie el sistema penitenciario español. “Te engancha y si no te pones no eres nada, estás en un rincón con tiritona, pero también dispuesto a matar a quien sea, hay reyertas, puñaladas, a lo que hay que sumar la masificación, la excusa para no hacer actividades con los presos y atenderlos con interés. Ni la droga ni la masificación van a desaparecer de las cárceles españolas, no les interesa. En la nueva cárcel de Zaballa -prosigue- reconocen que debería haber una celda individual para cada preso, pero por si acaso te ponen las dos camas, el derecho a la intimidad que te reconoce la Constitución Española se lo salta el Reglamento de Prisiones. Dicen que no hay más remedio, que hagan más cárceles o les dejen de enviar presos”.

Villegas, hepatítico tras años de compartir jeringuillas, y que dejó la heroína a tiempo para escabullirse del sida, recuerda cómo “al principio se negaba que había droga en la cárcel”, aunque “luego los gobiernos lo reconocieron y se consideraron impotentes para evitarlo, y sí se puede”, reivindica.

Firme partidario de cerrar la puerta de las cárceles a las drogas duras -considera que el tabaco es bastante más dañino para la salud que el hachís- Pepe explica cómo se podía mantener viva en la cárcel, al menos hasta poco más de una década, una adicción extrema a los opiáceos.

igual que en la calle “Al no evitar la entrada de droga en la prisión, la dinámica del preso es la misma en la cárcel que en la calle. En lugar de ir a la calle del Pez número 7, donde vive fulanito que tiene un caballo de puta madre, vas a la celda número no sé cuántos del módulo no sé qué y fulanito te vende la heroína. Se van a encontrar la misma droga dentro que fuera, y a veces más”, señala Villegas, que preguntado por si recuerda periodos de desabastecimiento en sus largas estancias en prisión, mira hacia el infinito, hace memoria y niega con la cabeza. “No, no ha faltado desde que empezó a entrar, sólo en momento muy puntuales”.

Él, de hecho, dejó esta “forma de escapismo” en uno de esos momentos en que faltó. Entró en Herrera de la Mancha, “la única cárcel en la que me han pegado”, y allí no pudo tomar heroína durante un año.

“Pasé un mono para no contarlo, pero cuando salí de allí me dije que nunca más tocaría el caballo, ya estaba libre, había recuperado mi sueño, mis capacidades fisiológicas. Te puedes pegar con alguien más fuerte que tú dos o tres veces, pero a la cuarta tiras la toalla”, reflexiona.

Pero, ¿cómo se puede evitar que la droga entre en la cárcel? Para empezar, ¿cómo entra? “La forma de acabar con la droga en las cárceles es hacer un control exhaustivo sobre las entradas de los permisos y los vis a vis, caerá gente presa, pero si estamos convencidos de que cuando fulano vuelve de permiso, o de que cada vez que mengano sale de un vis a vis, ese módulo está hasta el culo durante una semana, dos y dos son cuatro. Al interno no le tienes ni que cachear”, plantea.

Según Villegas, la droga y la masificación le sirven al sistema para “justificar que en las prisiones no se haga nada, que no se cumpla el párrafo segundo del artículo 25 de la Constitución: ‘Las penas privativas de libertad irán orientadas la rehabilitación e inserción social de los penados’. Es un mandato constitucional dirigido a los carceleros, pero no rehabilitas a nadie si le das la sustancia que le ha llevado a la cárcel y encima le tratas a patadas para que te odie”.

“que vivas odiando” Pepe cree tras un cuarto de siglo en la cárcel que el modelo actual estimula, y cree que se hace así de forma premeditada, “que vivas odiando y salgas odiando a la calle. Por eso -continúa- cuando en una reyerta aparece un cuchillo o una pistola suele ser casi siempre alguien con muchos antecedentes”.

Llegó un momento en el que él dijo basta. “Yo empecé a luchar contra esa dinámica que ha establecido la institución penitenciaria muy tarde. Acabé de penar con 56 años, tardé esos 56 años en darme cuenta de que no me da la gana entrar en eso, en odiar por odiar. Tienes que reflexionar muchísimo, porque pelear contra el sistema es como tirar una pared a cabezazos, puedes intentarlo, pero te vas a terminar rompiendo la cabeza, y más cuando nuestra palabra no tiene ninguna validez”.

Villegas termina haciendo balance de lo que ha hecho y de lo que ha pagado: “Yo les he entregado veinticinco años de mi vida y nunca he matado a nadie, no he cometido agresiones sexuales, yo no tenía para comer, y por eso he traficado con drogas. Sólo hay un delito de todos los que he cometido que me lo gané, que fue vender heroína cuando yo ya lo había dejado y sabía lo mala que era. Es una cuestión de conciencia, de ética, de escala de valores”.

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