Cárcel: Industria Y Exterminio

La cárcel es muerte. Física, psicológica y moral. La cárcel es exterminio. Te destruye en un mes, no necesitás mucho más. La cárcel te destruye desde el momento en que cruzaste el muro y fuiste al pabellón de ingreso. Ahí, tanto el Servicio Penitenciario como el sector que trabaja para ellos, se encargan de quebrarte. Después la vida es una gran parodia, una gran teatralización para poder sobrevivir. A partir de ese momento, sos la materia prima de una industria que reditúa millones de pesos a diversas empresas y a las mafias penitenciarias.

Las cárceles de hoy están superpobladas de jóvenes pobres. El proyecto económico neoliberal, sediento de sangre joven, eligió ese vertedero productor de sufrimiento, dolor y subordinación para lanzar esos cuerpos. Así, el secuestro institucional se convirtió en una estrategia de gobernabilidad del malestar social emergente propio de las relaciones de explotación y desigualdad constitutivas del capitalismo. Se trata de miles de jóvenes excluidos, chivo expiatorio del terror de ese sistema, a quienes se confiere de toda la peligrosidad social latente, despojándolos de sus derechos en base a una naturaleza “dañina” y “subnormal”, e introduciendo así una dinámica de virtual guerra civil que avala prácticas institucionales propias de sociedades excluyentes y procesos genocidas. Aislamiento, tortura, confinamiento de máxima seguridad, violencia física y psicológica. Hambre, censura, prohibición del estudio, insalubridad y circuitos laborales mafiosos. Máquina de muerte. Destrucción absoluta de cuerpo y subjetividad.

Es este el panorama inobjetable que, como un reguero de sangre, cualquiera que asome una mirada sensible al verdadero corazón de nuestras cárceles puede atestiguar. Y este es el territorio en el que Radio la Cantora ha decidido trabajar, desde hace ya 20 años y hasta el día de hoy. Panorama que hemos denunciado sistemáticamente; territorio que hemos decidido visibilizar, exponiéndolo a la mirada y a los oídos de la propia sociedad que lo genera y ensombrece.

Creemos que la lucha debe darse en tan diversos frentes como diversas son las agencias que dan lugar a la cárcel, la legitiman, avalan sus prácticas y operan para que sigan creciendo, alimentando el monstruo aniquilante. Porque no se trata sólo de la lucha contra la tortura y la defensa de los derechos de las personas privadas de la libertad, sino que la crítica también debe focalizarse en el millonario negocio que hoy en día constituye el aparato punitivo. Con esto nos referimos a los empresarios de la industria de la pobreza. Una verdadera industria que utiliza como materia prima esos miles de cuerpos pobres de los cuales extraen sus millonadas las agencias policiales y judiciales; las grandes empresas que utilizan como mano de obra a los presos a cambio de minúsculos pesos, ahorrándose así el pago de obra social, aportes jubilatorios y demás derechos ganados históricamente por los trabajadores; las encubiertas y silenciosas empresas proveedoras de alimentos, vestimenta, ropa de cama y demás servicios que nunca le llegan a las personas privadas de la libertad. Sobre este fenómeno, Loic Waquant decía en su libro “Las Cárceles de la miseria” (2004) que “el mundo penitenciario” contaba en Estados Unidos con más de seiscientos mil empleados en 1993, lo que lo convertía en el tercer empleador del país, apenas por debajo de la General Motors, primera empresa mundial por el volumen de sus negocios, y de la cadena internacional de supermercados Walt-Mart. El ministro de la Corte Suprema Eugenio Zaffaroni aporta, en su último libro “La palabra de los muertos” (2011), que las cifran rondan hoy los 3 millones de empleados a nivel mundial.

Asimismo, cientos de organismos rentados de Derechos Humanos, que recorren el mundo dando conferencias sobre las deplorables condiciones de detención de las personas privadas de la libertad, ingresan a esta industria a través de subsidios con los que se abonan los salarios de nuevos empleados. Cuando desde Radio La Cantora se pregonaba en pos de que las cárceles fuesen más porosas, bajo la consigna cuantos más ojos ven menos manos pegan y menos manos roban, no se tuvo en cuenta -o no se quiso creer- que los diversos grupos que entrasen a estos poros abiertos serían finalmente absorbidos por las prácticas penitenciarias para pasar a ser cómplices de todo ello. Es esto lo que sucede en la actualidad: los grupos que ingresan, en su mayoría, permiten la intervención de los servicios penitenciarios en sus prácticas.

La pregunta que surge, entonces, de este panorama apenas esbozado es: ¿A quién le interesa realmente cambiar este estado de situación y pensar en otra vida posible para los sujetos excluidos del sistema? ¿Alguien está realmente dispuesto a perder su empleo a cambio de modificarle la vida a otra persona? ¿Será tal el convencimiento de los sectores de poder de que ya nada se puede hacer con esos cuerpos más que exprimirlos y extraer de sus entrañas algunas migajas? Si se erradica la materia prima, la industria se desploma. Se trata de un fenómeno mundial que no fue indagado profundamente por ningún gobierno.

La realidad hoy nos obliga a reafirmar el principal objetivo que nos impulsó y aún hoy debería seguir impulsándonos a atravesar los muros: la destrucción definitiva de la cárcel. Si se pierde de vista este fundamento, nuestra práctica de denuncia contra las calamidades sufridas por las personas privadas de su libertad no evitaría volverse funcional al Servicio Penitenciario y al resto de las agencias de este sistema, quienes acomodan las piezas de manera tal que pasen a garantizar la perpetua existencia de la prisión.

Si estamos de acuerdo con que las cárceles no deben existir y deben sí pensarse alternativas a la pena; si estamos convencidos de que las políticas “re” no son más que un discurso falaz que emparcha y esconde la verdadera imposibilidad social de reconocer el origen de la desigualdad; si creemos en lo que vemos y en la palabras honradas de las organizaciones y personas individuales que denuncian a diario que las prisiones están llenas de pibes pobres, jóvenes y “negros” y que esto habla de una selectividad penal; si no queremos formar parte, sino deformar las partes, entonces debemos seguir trabajando en consecuencia.

Observado desde una perspectiva académica, esto implica la renuncia a la construcción de un conocimiento especulativo que utilice a la cárcel y, más aún, a las personas privadas de la libertad como objetos de estudio. Por el contrario, será la constitución de un saber basado en un espíritu de compromiso territorial y humano el que nos permitirá pensar en hojas escritas no con chorros de sangre, sino con la dignidad que encarna a la lucha de cada uno de los compañeros y compañeras.

Radio La Cantora
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