La Comunicación [Un Relato de Adelaida Artigado]

Marisa llegó a la puerta principal, donde estaba la guardia civil con todo su armamento. No se detuvo, miró hacia adelante y continuó hasta llegar a la puerta de acceso a la prisión.

−¡Buenos días!

¡Buenos días!

Vengo a comunicar con mi marido.

¡Documentación!

Marisa sacó de su bolsillo el documento y se lo entregó. El funcionario se retiró dos pasos del mostrador, le pasó el documento a un compañero, para que anotara sus señas en el ordenador, y se lo devolvió. Marisa lo guardó en el bolsillo del pantalón y pasó por el detector. El detector no pitó.

Cruzó pasillo tras pasillo hasta llegar al bloque donde estaba su marido. Mientras se abría la ventanilla de registro de visitas, se sentó y esperó. Se abrió la ventanilla. Marisa se puso a la fila y, cuando le tocó su turno, se presentó.

¡Documentación! Le exigió la funcionaria y Marisa se la dió.

¿Con quién viene a comunicar?

¡Con Manolo Chabolo!

La funcionaria, en su ordenador, lo comprobó.

¡Ponga el dedo ahí! Le dijo mientras señalaba con el índice la máquina tomahuellas.

¡Póngase ahí y no se mueva! −añadió, recogidas las huellas.

Marisa se colocó frente a la cámara y no se movió. La carcelera le devolvió su documento y prosiguió con su control.

¡Siguiente!

Al poco tiempo se cerró la ventanilla y una puerta de rejas se abrió.

¡Marisa Querrisa!

¡Sí, soy yo! −contestó mientras entraba.

Traspasó la puerta con documento en mano. El funcionario cotejó los datos con los de su lista, y se lo quedó. Lo colocó encima del fajo de documentos de los visitantes que había nombrado antes que a ella y continuó:

¡Tomasa Queguasa!

Marisa se adelantó un metro y se quitó las botas, porque sabía por experiencia que ahí pitaba el pitador. Otro funcionario le pasó su detector manual y, al comprobar que era la hebilla de las botas la que pitaba, se las devolvió. A Marisa se le atrancó una bota y no le entraba ni a la de dos.

¡Vamos, señora, muévase! gritó el funcionario mientras cogía el documento de Tomasa.

Marisa levantó la mirada de su bota y observó a los familiares allí apiñados, que como ella estaban en espera de ver a los presos. Se giró cara al funcionario y le indicó:

Señor, relájese o váyase a tomarse un café.

El funcionario se irritó.

¡Señora, documentación! gritó, mientras daba un paso al frente.

¡Mi documentación la tiene usted en sus manos! −replicó Marisa.

¡Señora, enséñeme su documentación! −remachó el funcionario, cada vez más colérico.

La tiene usted en el fajo que lleva en la mano insistió Marisa, a la vez que el registrabotas que estaba a su lado se  acercó al otro carcelero y le murmuró:

– La tienes tú.

El funcionario se desorientó.

¡Usted hoy no comunica!

Yo había ido a ver a mi hijo que estaba preso en el mismo módulo que el marido de Marisa, y aunque nunca había hablado con ella, la conocía de verla jueves tras jueves. Me aproximé a ella, le puse la mano en la espalda, la empujé con suavidad un paso adelante.

¡Ya está, ya está, esto no es más que una confusión! −exclamé muy segura, dirigiendo mi mirada al guardián.

No sé si recordé a papá,  que siempre me dijo que no se puede estar en la cárcel y con miedo, o recordé a Elsa, que me suele decir que mi mirada intimida, o simplemente actué por impulso, convencida de que mi imagen impone un no sé qué, por el cual, cuando hablo y tengo seguridad en mis palabras, no dejo lugar a contestación. Sí, bien puede ser que inconscientemente recordara a papá, aún a sabiendas de que, después de recorrer trescientos kilómetros con coche y dinero prestados, deseosa de ver a mi hijo y dejando a mi mamá enferma, me podían tirar para atrás, dejándome sin comunicar, por metomentodo. Pero tuve que reaccionar ante tan estúpida e irrisoria soberbia.

¡Arturo Queapuro! −continuó el funcionario, documentos en mano, sin atreverse a frontar el ridículo en el que había caído.

Y así van las cosas en prisión, donde unos entran y otros no.

(Aquí todos los nombres fueron cambiados y cualquier coincidencia con la realidad es exacta y literal).

Adelaida Artigado

 

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